viernes, 29 de agosto de 2008
Extracto de "Las once mil vergas" (Apollinaire)
–¿Dónde? ¿Dónde?
–Pongo mi fortuna y mi amor a vuestros pies. Si os tuviera en una cama, veinte veces seguidas os probaría mi pasión. ¡Que las once mil vírgenes o incluso once mil vergas me castiguen si miento!
–¡Y cómo!
–Mis sentimientos no son falaces. No hablo así a todas las mujeres. No soy un tarambana.
–¡Tu hermana!
Esta conversación se producía en el boulevard Malesherbes, una mañana soleada. El mes de mayo hacía renacer la naturaleza y los gorriones parisinos piaban al amor en los árboles reverdecidos. Galantemente, el príncipe Mony sostenía esta conversación con una bonita y esbelta muchacha que, vestida con elegancia, bajaba hacia la Madeleine. Andaba tan deprisa que tenía dificultades para seguirla. De golpe ella se giró bruscamente y se desternilló de risa:
–Acabaréis pronto; ahora no tengo tiempo. Voy a la calle Duphot a ver a una amiga, pero si estáis dispuesto a mantener a dos mujeres desesperadas por el lujo y por el amor, si en definitiva sois un hombre, por la fortuna y el poder copulativo, venid conmigo.
El enderezó su bello talle exclamando:
–Soy un príncipe rumano, hospodar hereditario.
–Y yo –dijo ella– soy Culculine d'Ancóne, tengo diecinueve años, ya he vaciado los testículos de diez hombres excepcionales en las relaciones amorosas, y la bolsa de quince millonarios.
Y charlando alegremente de diversas cosas fútiles o turbadoras, el príncipe y Culculine llegaron a la calle Duphot. Subieron en ascensor hasta el primer piso.
–El príncipe Mony Vibescu... mi amiga Alexine Mangetout.
Culculine hizo muy formalmente la presentación en un lujoso gabinete decorado con obscenas estampas japonesas.
Las dos amigas se besaron intercambiándose las lenguas. Las dos eran altas, pero sin exageración.
Culculine era morena, con ojos grises relucientes de picardía, y un lunar peloso adornaba la parte inferior de su mejilla izquierda. Su tez era mate, su sangre afluía bajo la piel, sus mejillas y su frente se arrugaban fácilmente testimoniando sus preocupaciones de dinero y de amor.
Alexine era rubia, de ese color tirando a ceniza como no se ve más que en París. La clara coloración de su tez parecía transparente. Esta bella muchacha semejaba en su encantador deshabillé rosa, tan delicada y traviesa como una picara marquesa del siglo antepasado.
Trabaron pronto amistad y Alexine, que tuvo un amante rumano, fue a buscar su fotografía a su dormitorio. El príncipe y Culculine la siguieron. Los dos se precipitaron sobre ella y, riendo, la desnudaron. Su peinador cayó, dejándola en una camisa de batista que dejaba ver un cuerpo encantador, regordete, lleno de hoyuelos en los mejores lugares.
Mony y Culculine la derribaron sobre la cama y sacaron a la luz sus bellos pechos rosados, grandes y duros, a los que Mony chupó las puntas. Culculine se inclinó y, levantando la camisa, descubrió dos muslos redondos y grandes que se reunían bajo un gato rubio ceniciento como los cabellos. Alexine, lanzando grititos de voluptuosidad, puso sobre la cama sus piececitos dejando escapar unas chancletas que hicieron un ruido sordo al caer al suelo. Las piernas muy separadas, levantaba el culo bajo el lameteo de su amiga crispando sus manos alrededor del cuello de Mony.
El resultado no tardó en producirse, sus muslos se apretaron, su pataleo se hizo más vivo, descargó diciendo:
–Puercos, me excitáis, tenéis que satisfacerme.
–¡Ha prometido hacerlo veinte veces! –dijo Culculine, y se desnudó.
El príncipe hizo lo mismo. Quedaron desnudos al mismo tiempo, y mientras que Alexine, como desmayada, estaba tendida en la cama, pudieron admirar recíprocamente sus cuerpos. El voluminoso culo de Culculine se balanceaba deliciosamente debajo de su talle exquisito y los grandes testículos de Mony se hinchaban debajo de un enorme miembro del que Culculine se apoderó.
–Méteselo –dijo–, después me lo harás a mí.
El príncipe aproximó su miembro al coño entreabierto de Alexine que se estremeció ante esta proximidad:
–¡Me matas! –gritó.
El miembro penetró hasta los testículos y volvió a salir para volver a entrar como un pistón.
Culculine se metió en la cama y puso su gato negro encima de la boca de Alexine, mientras que Mony le lamía la puerta falsa. Alexine movía el culo como una endemoniada; puso un dedo en el agujero del culo de Mony, cuya erección aumentó bajo esta caricia. El puso sus manos debajo de las nalgas de Alexine que se crispaban con una fuerza increíble, apretando en el inflamado coño al enorme miembro que apenas podía menearse allí dentro.
Pronto la agitación de los tres personajes fue extrema, su respiración se hizo jadeante. Alexine descargó tres veces, luego fue el turno de Culculine que desmontó inmediatamente para ir a mordisquear los testículos de Mony. Alexine se puso a gritar como una condenada y se retorció como una serpiente cuando Mony le soltó dentro del vientre su semen rumano. Culculine le arrancó inmediatamente del orificio y su boca fue a tomar el lugar del miembro para beber, a lengüetadas, el esperma que se derramaba en grandes borbotones. Alexine, entretanto, había tomado en la boca el miembro de Mony, que limpió cuidadosamente provocándole una nueva erección.
Un instante después, el príncipe se precipitó sobre Culculine, pero su miembro permaneció en el umbral, cosquilleando el clítoris. Tenía en su boca uno de los pechos de la muchacha. Alexine acariciaba los dos.
–Métemelo –gritaba Culculine– no puedo más.
Pero el miembro permanecía fuera. Descargó dos veces y parecía desesperada, cuando el miembro penetró brutalmente hasta la matriz.
Entonces, loca de excitación y voluptuosidad, mordió a Mony en la oreja, tan fuerte que le quedó un pedazo en la boca. Lo tragó gritando con todas sus fuerzas y sacudiendo magistralmente el culo.
Esta herida, de la que la sangre manaba a chorros, pareció excitar a Mony, pues empezó a menearse más rápidamente y no abandonó el coño de Culculine hasta haber descargado tres veces, mientras que ella misma lo hacía diez.
Cuando él desenfundó, los dos se dieron cuenta con asombro que Alexine había desaparecido. Volvió pronto con productos farmacéuticos destinados a cuidar a Mony y un enorme látigo del conductor de un coche de alquiler.
–Lo he comprado por cincuenta francos –exclamó– al cochero 3.269 de la Urbana, y va a servirnos para poner en forma de nuevo al rumano. Déjale curarse la oreja, Culculine mía, y hagamos un 69 para excitarnos.
Mientras que detenía la salida de la sangre, Mony asistió a este regocijante espectáculo: perfectamente acopladas, Culculine y Alexine, se acometían con ardor. El macizo culo de Alexine, blanco y regordete, se contoneaba sobre el rostro de Culculine; las lenguas, largas como miembros de niño, iban a buen ritmo, la saliva y el semen se mezclaban, los mojados pelos se adherían entre sí y suspiros que partirían el alma, si no fueran suspiros de voluptuosidad, se elevaban de la cama que crujía y chirriaba bajo el agradable peso de las preciosas muchachas.
–¡Ven a encularme! –gritó Alexine.
Pero Mony perdía tanta sangre que ya no tenía ganas de hacerlo. Alexine se levantó y, cogiendo el látigo del cochero del vehículo 3.269, por el soberbio mango completamente nuevo, lo blandió y azotó la espalda, las nalgas de Mony que, bajo este nuevo dolor olvidó su sangrante oreja y empezó a dar alaridos. Pero Alexine, desnuda y semejante a una bacante en pleno delirio, golpeaba sin parar.
–¡Ven a azotarme tú también! –le gritaba ella a Culculine, cuyos ojos resplandecían y que acudió a azotar con todas sus fuerzas el gran culo agitado de Alexine. Culculine también se excitó pronto.
–¡Azótame, Mony! –suplicó.
Y éste, que se acostumbraba al castigo, aunque su cuerpo estuviera sangrante, se puso a azotar las bellas nalgas morenas que se abrían y cerraban cadenciosamente. Cuando le comenzó la erección de nuevo, la sangre caía, no sólo de la oreja, sino también de cada marca dejada por el cruel flagelo.
Entonces Alexine se volvió y presentó sus bellas nalgas enrojecidas al enorme miembro que penetró en la roseta, mientras que la empalada chillaba agitando el culo y los pechos. Pero Culculine los separó riendo. Las dos mujeres reemprendieron su mutua masturbación, mientras que Mony, completamente ensangrentado e instalado hasta la guardia en el culo de Alexine, se agitaba con un vigor que hacía gozar enormemente a su pareja. Sus testículos ondeaban como las campanas de Nótre-Dame y llegaban a embestir la nariz de Culculine. En un momento dado el culo de Alexine se estrechó con gran fuerza en torno a la base del glande de Mony que ya no pudo moverse. Así es como descargó con grandes chorros mamados por el ano ávido de Alexine Mangetout.
Entretanto, en la calle la muchedumbre se apiñaba en torno del coche 3.269 cuyo cochero no tenía látigo.
Un sargento municipal le preguntó qué había hecho de él:
–Lo he vendido a una dama de la calle Duphot.
–Id a recuperarlo u os pongo una multa.
–Ahora voy –dijo el auriga, un normando de fuerza poco común, y, después de haberse informado con la portera, llamó al primer piso.
Alexine fue desnuda a abrirle; el cochero quedó deslumbrado y, como ella se escapaba hacia el dormitorio, la persiguió, la agarró y le introdujo con habilidad y a la manera de los perros, un miembro de respetable talla. Descargó pronto gritando: “¡Truenos de Brest, burdel de Dios, cochina puta!".
Alexine, dándole culadas, descargó al mismo tiempo que él, mientras que Mony y Culculine se partían de risa. El cochero, creyendo que se burlaban de él, montó en terrible cólera.
–¡Ah!, ¡putas, chulo, carroña, basura, os burláis de mí! Mi látigo, ¿dónde está mi látigo?
Y viéndolo, se apoderó de él para golpear con todas sus fuerzas a Mony, Alexine y Culculine, cuyos cuerpos desnudos brincaban bajo los cintarazos que les dejaban marcas sangrantes. Luego tuvo una nueva erección y, saltando sobre Mony, empezó a encularlo.
La puerta de entrada había quedado abierta y el municipal, que, viendo que el cochero no volvía, había subido, entró en este instante en el dormitorio; no tardó en sacar su miembro reglamentario. Lo introdujo con habilidad en el culo de Culculine que cloqueaba como una gallina y se estremecía con el frío contacto de los botones del uniforme.
Alexine, desocupada, cogió la porra blanca que se balanceaba en la vaina que colgaba de la cintura del sargento municipal. Se la introdujo en el coño y rápidamente las cinco personas empezaron a gozar tremendamente, mientras que la sangre de las heridas chorreaba sobre las alfombras, las sábanas, los muebles y mientras en la calle se llevaban al depósito el abandonado coche 3.269 cuyo caballo se tiró pedos durante todo el camino que quedó perfumado de manera nauseabunda.
martes, 13 de mayo de 2008
Cuando acabas en mi boca
Sonrío jugando con mi lengua. Tú tambien sonríes, puedo verlo.
Disfrutamos ambos de este juego, sin remordimientos, ambos interpretamos esta melodía, esta oda al sexo oral. Esta música para mis oídos, y para mi garganta.
Sintiendo tu fuerte carne juvenil en mi húmeda guarida. Esta cálida sensación que lentamente nos proporcionamos.
Siento tu juventud, siento tu sabor
sientes mis gemidos mientras tus manos acarician mi cabeza.
En los límites de la exaltación, acabas en mi boca. Siento tu liquidez, a veces dulce, siempre cálida. Me besas en la cara, tratando de limpiarla. Prosigues con un beso en mi boca, y terminamos dormidos, juntos, abrazados el uno al otro.
El Ángel Sádico

Un ángel de luz, lujurioso, como todos, encontraba su pareja ideal en una mortal masoquista.
Pronto se convirtieron en los amantes y cómplices perfectos.
Cuando mi dolor conduce a mí placer.
Soñaba que me sometías, que me violabas.
Me amarrabas con sogas gruesas que lastimaban mi piel
Pero mis gritos desesperados significaban tanto dolor y placer
surgidos ambos de mi impotencia ante tí.
Muérdeme más fuerte. La sangre no tardará.
Cuando tu dolor conduce a mí placer.
¿Recuerdas cuando secuestramos a esa monja?
La suspendimos en en aire
mientras la golpeábamos con un hierro hirviendo
No podía escapar
pero entre sus lágrimas se escondían muchas gotas de gozo
mientras me veía morderle el clítoris
mientras te sentía explorando su culo con tu lengua
Cuando mi dolor conduce a tú placer.
Casi me perforas mi garganta
tu miembro fuerte y ágil se agitaba
mientras yo tosía
ángel mío
gozando de los castigos de Satán
Cuando tu dolor conduce a tú placer.
Te escuchaba chillar
cumpliendo las 120 jornadas de sodoma
tus chillidos agudos
insoportables
con su respectiva dosis de placer
siempre en exceso.
lunes, 28 de abril de 2008
Pierre Louÿs - Diálogo de cortesanas (1894)
-Princesa, mientras tiene mi polla en la boca, quiero decirle algunas verdades: Me he follado a más de mil doscientas mujeres, es decir, que en este momento chupa usted los restos de mil doscientos coños más o menos prostituidos, viscosos y corrompidos.
-No conseguirá darme asco. Voy a chupársela.
-No se lo diga a nadie, pero me gustan las criadas.
-También a mi.
-No puedo ver una cocinera sin levantarle el delantal, las faldas y la camisa sucia para clavarle mi polla en el culo.
-Y yo mi lengua.
-Cuando digo en el coño, es una forma de hablar. Esas chicas son tan dóciles.... En este momento tengo a mi servicio una pequeña bretona de dieciseis años que se deja encular como una cabra.
-No presuma. Lo hacen todas.
-Me la chupa usted deliciosamente, pero su boca no es tan estrecha como el ojete de su culo.
-¿Quiere usted el mío?
-Y por la mañana, cuando me lo presenta antes de cagar...
-Cree que me da repugnancia, pero lo cierto es que me excita, querido. Diga una palabra más y me corro.
sábado, 15 de marzo de 2008
Pierre Loüys (1870 - 1925)
No masturbéis a vuestros amiguitos dentro de la jarra de limonada, aunque esta bebida os parezca mejor si añadís leche fresca. Los convidados de vuestro padre quizá no compartan este gusto.
No escondáis un consolador en la frutera para hacer reir a las chicas a la hora de los postres.
Si jugáis a “la puta” con algunos jóvenes, no pidáis veinticinco ladillas a la hija del jardinero para haceros un verdadero coño de puta.
No dibujéis en la pizarra las partes sexuales de la maestra, sobretodo si os la ha enseñado confidencialmente.
Si es posible, no os encerréis en un baño con un señor. Mejor entrad con una jovencita que os comerá el coño igual de bien y no os comprometerá.
No digáis “mi coño”, decid “mi corazón”
No digáis “tengo ganas de follar”, decid “estoy nerviosa”
No digáis “se corre como una yegua cuando mea”, decid “es una exaltada”
No digáis “es capaz de correrse tres veces seguidas”, decid “es todo un carácter”...
Si le sorprenden completamente desnuda, ponga púdicamente una mano sobre su rostro y la otra sobre su coño; pero nunca haga burlas con la primera ni se lo menee con la segunda.
No orine en la maceta. Vaya al cuarto de baño.
No cuelgue consoladores en la pila de agua bendita de su cama. Esas cosas se guardan bajo la almohada.
No se asome al balcón para escupir a los transeúntes; sobre todo si tiene semen en la boca.
No orine en el escalón más alto de la escalera para hacer una cascada.
Si se le preguntan qué bebe usted en las comidas, no responda: “Sólo leche.”
Si se la menea a su vecino bajo su servilleta, hágalo tan discretamente que nadie se dé cuenta.
Nunca pida permiso a una señora para irse a "holgar" con su hija. Diga “jugar”, que es más decente...
En cualquier circunstancia, dar la espalda a un anciano es una descortesía. Sin embargo, una jovencita desnuda que enseña sus nalgas a un viejo vagabundo puede estar segura de no ser reprendida.Encerrada con un anciano, no se desnude deprisa. Déjele buscar bajo su falda y deslizar sus venerables dedos hasta la parte de su cuerpo que le interese más.
Si los reveses de la fortuna obligan a sus padres a prostituirla antes de la edad legal, muéstrese digna de la confianza que han puesto en usted y pruébeles que no se equivocaron al jactarse de sus jóvenes talentos.
Si su anciano amante muriera, abotone su pantalón otra vez antes de llamar a la criada y nunca diga en qué circunstancias entregó su alma a Dios.
No llame al camarero a las once de la noche para pedirle un plátano. A esa hora, pida una vela
Si su señor padre le ruega que se la chupe, no diga despistadamente que su picha huele a coño de criada. Podía preguntarse como reconoce usted ese olor...
viernes, 29 de febrero de 2008
Hace años que Sabir llevaba haciéndolo. Tomaba el libro, lo abría en una hoja cualquiera, y leía.
"...y a los temerosos de Alá se les deparará el éxito: vergeles y viñedos, doncellas de grandes senos, de una misma edad, y copas desbordantes... "
Sabir soltó una carcajada, no necesitaba de Alá para conseguir dichos placeres. No necesitaba a Alá en lo absoluto.
Al contrario: Alá se empeñaba en reducir el disfrute de su cuerpo lo más posible.
Pensamiento fulminante pasó por la cabeza de Sabir: El islam es una mierda.
Proseguía:
Sabir se quitaba su túnica. Su horrible túnica. Quedaba desnudo, con un enorme miembro erecto que se balanceaba. Se masturbaba, y pensaba en imágenes de mujeres libres, sin burkas, sin sus indignas burkas, sin nada que las cubriera, al fin eran libres... o al menos en su mente. Pero Sabir también pensaba en hombres. Sin turbantes, sin prejuicios, y también se masturbaba pensando en ellos.
Su masturbación era rápida, pero suave, y utilizaba su otra mano para comprender su cuerpo. Quería sacar el máximo placer de su cuerpo. Así que pasaba sus dedos por sus pezones, los introducía a su boca, a su culo, a sus testículos.
Sabir recordaba a esa mujer de ojos verdes que apedrearon la semana pasada. Era prostituta. La atraparon. Sabir había gozado con ella una vez, no cobraba muy caro, la mujer quería sobrevivir.
Otro pensamiento fulminante: La puta estúpida pudo haber cobrado mucho más.
La puta de ojos verdes tenía un cuerpo sensual, su sexo era cálido y Sabir se maravilló cuando se introdujo en él, en ese refugio húmedo, seguro.
Pero ella ya estaba muerta, y ahora los gusanos cojían con ella, suerte para ellos, sin duda.
Samir tomó el libro, lo usó para masturbarse, con él rodeó todo el tronco de su gran miembro y movió las caderas.
Jamás el libro le había sido tan útil en el pasado.
Samir también recordó a ese pescador que vió en el río, todos los fines de semana Samir va y lo observa. Tiene el culo más perfecto que jamás haya visto, quería poseerlo. Él nunca había tenido nada con ningún hombre, jamás. Pero se moría de ganas, aunque eso le traía imágenes a cabeza de parejas ahorcadas por el mismo motivo. Eso no importaba, Samir veía al pescador, sin camisa, sobre su balsa, y se imaginaba acarciando sus genitales.
Estaba pensando eso. En la puta de ojos verdes que se dejó penetrar por los dos lados, en cómo bailaban sus tetas de un lado a otro, en el pescador, en el bulto de sus pantalones que deseaba estar acariciando y besando.
En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso.
Samir concluyó, justo encima del libro sagrado, del libro opresivo, que ahora era tan solo un receptáculo de su semen.
domingo, 24 de febrero de 2008
Pietro Aretino (1492 - 1556)
- 1 -
Follemos, alma mía, vamos a follar
que para follar todos nacemos.
Si tu adoras el carajo, yo amo la higa,
y un carajo sería el mundo sin todo esto.
Y si follar después de muerto fuese honesto,
yo diría: -Moriremos de tanto follar
para más allá follar a Adán y a Eva,
que encontraron un morir tan deshonroso.
-De veras digo que si esos bribones
no hubieran comido la fruta traicionera, sé que hoy no retozarían los amantes.
Mas dejémonos ya de cháchara. Hasta el
corazón
hinca el carajo, y haz que allí se parta
el alma, que en la verga nace y muere.
Y, si es posible, fuera
de la higa no dejes los cojones,
del placer de follar siempre testigos.
-2-
-Méteme un dedo en el culo, viejote
e híncame la verga poco a poco.
Alzándome bien esta pierna haz buen juego.
Luego menéate sin remilgos.
Que a fe mía esto es mejor bocado
que comer pan tostado junto al fuego.
Y si no te place la higa, cambia el sitio
que no es uno hombre si no es bujarrón..
-Quiero hacerlo en el coño esta vez,
y esta otra en el culo: la verga en coño y
culo
me hará a mi feliz, y a vos feliz y beata.
El que quiere ser un gran maestro está loco,
pues no es más que un pajarito pierde tiempo
que en todo menos en follar se solaza.
Que la palme en el palacio
el cortesano, esperando que su rival muera,
que yo en darme a la lujuria solo pienso.
- 3 -
-Esta verga quiero yo, y no un tesoro.
Ella es la que procura la dicha,
es una polla digna de una emperatriz;
esta gema vale más que un pozo de oro.
Ay de mí, socorro polla, que me muero.
Trata de enfundarte en la matriz,
más al fin, la verga pequeña se desdice
si en la crica quiere actuar con decoro.
-Señora mía, es verdad lo que bien decís:
que quien tiene poca verga y folla en coño,
merecería un enema de agua fría.
Si es corta, que folle por el culo noche y día,
pero si es despiadada y fiera, como la mía,
que se desahogue siempre con los coños.
-Cierto, pero tanto nos deleitamos
con la polla, y tan divertida nos parece,
que ese obelisco delante y atrás tendremos.
- 4 -
-Tienes un buen rabo, grande y bello.
Venga, déjamelo ver, si es que me amas.
-¿Quieres probar a mantenerte
con él en el coño y conmigo encima?
-¿Que si quiero probarlo? ¿que si puedo?
Mejor esto que comer o que beber.
-¿Y si así tumbados, luego os desgarro
y os hago daño?. -Piensas igual que el Rosso.
Vamos, ponte en la cama o en el suelo
sobre mí, que si fueses Marforio
o algún gigante, más aún disfrutaría.
Pero alcanza la médula y los huesos
con esta verga tuya tan venerable,
que hasta protege a los coños de la tos.
-Abríos bien de piernas.
Puede que se vean por ahí mujeres
mejor vestidas, mas no tan bien gozadas
- 5 -
-¿Por dónde os la vais a meter?, responded,
¿por delante o por detrás? Quiero saberlo.
-¿Por qué? ¿es que os molestaría
si en el culo me la clavo, por desgracia?
-No, señora. Es porque el coño sacia
tanto a la polla que da poco placer.
Mas así lo hago yo por no parecer
un fraile Mariano, verbi gratia.
-Pues si la polla entera en el culo deseáis,
como anhelan los grandes, estoy contenta
de que con el mío hagáis lo que queráis.
-Agarradla con la mano y metedla dentro,
que tanta utilidad para el cuerpo encontraréis
como la asistencia a los enfermos.
Y yo tal gozo siento al sentir mi verga en la mano vuestra, que pronto moriré si ahora follamos.
viernes, 15 de febrero de 2008
Más del gran amor de Rimbaud
MONTA SOBRE MÍ COMO UNA MUJER

Monta sobre mí como una mujer,
lo haremos a "la jineta".
Bien: ¿estás cómodo?... Así
mientras te penetro -daga
en la manteca- al menos
puedo besarte en la boca,
darte salvajes besos de lengua
sucios y a la vez tan dulces.
Veo tus ojos en los que sumerjo
los míos hasta el fondo de tu corazón:
allí renace mi deseo vencedor
en su lujuria de sueños.
Acaricio la espalda nerviosa,
los flancos ardientes y frescos,
la doble y graciosa peluquita
de los sobacos, y los cabellos.
Tu culo sobre mis muslos
lo penetran con su dulce peso
mientras mi potro se desboca
para que alcances el goce.
Y tú disfrutas, chiquito,
pues veo que tu picha entumecida,
celosa por jugar su papel
apurada, apurada se infla, crece,
se endurece. ¡Cielo!, la gota, la perla
anticipadora acaba de brillar
en el orificio rosa: tragarla,
debo hacerlo pues ya estalla
a la par de mi propio flujo. Es mi precio
poner cuanto antes tu glande
pesado y febril entre mis labios,
y que descargue allí su real marea.
Leche suprema, fosfórica y divina,
fragante flor de almedros
donde una ácida sed mendiga
esa otra sed de ti que me devora.
Rico y generoso, prodigas
el don de tu adolescencia,
y comulgando con tu esencia
mi ser se embriaga de felicidad.
BALÁNIDA
I
Es un corazón pequeño,
la punta al aire:
símbolo orgulloso y dulce
del corazón más tierno.
Lágrimas derrama
corrosivas como brasas
en prolongados adioses
de flores blancas.
II
Glande, punto supremo
del ser
del amado.
Con temor, con alegría
reciba tu acometida
mi trasero perforado
por tu macizo instrumento
que se inflama victorioso
de sus hechos y proezas
y entre redondeces se hunde
con sus ímpetus alevosos.
Nodrizo de mis entrañas,
fuente segura
donde mi boca se abreva,
glande, mi golosina o bien
sin falsos pudores,
glande delicioso ven
revestido
de cálido satín violeta
que mi mano se enjaeza
con un súbito penacho
de ópalo y leche.
Es sólo para una paja
apresurada que hoy te invoco.
Pero, ¿qué pasa? ¿Tu ardor se impacienta?
¡Oh, flojo de mí!
A tu capricho, regla única
respondo
por la boca o por el culo,
ambos listos y ensillados
y a tu disposición
maestro invicto.
Después, néctar y pócima
de mi alma, ¡oh glande!,
vuelve a tu prepucio, lento
como un dios a su nube.
Mi homenaje te acompaña
fiel y galante.
sábado, 19 de enero de 2008
Lámeme
ofrendo mi cuerpo
a tu impaciente lengua
con la que humedeces mi verga
para después ascender por mi abdomen
y juguetear con mi boca
explosiones sin nombre
perpretradas por tu lengua furiosa
penetrando en mi cuerpo
y en mi alma sucia
lámeme
muérdeme
arúñame
aúlla conmigo
y siénteme
sobre todo siénteme
con los nervios de tu lengua
explora cada espacio de mi cuerpo maldito
reconoce los sabores
lo amargo,
lo dulce,
lo ácido
lo que no tiene otro sabor más que mi nombre
lámeme
cada hueco
cada protuberancia
cubre con saliva mi cuerpo
hasta que tu lengua quede seca
mi pene, mis pezones, mi boca, mi espalda
que la piel de tu lengua sea tu ventana al mundo
a mi cuerpo cansado
con la que lubriques mi caprichoso ser
y maldigas al cielo
y juegues conmigo
a la más maldita de las pervesiones
martes, 15 de enero de 2008
Paul Verlaine
lo mismo me deleita tu pija
que cuelga —oro pálido— entre tus muslos
y sobre tus huevos, esplendores sombríos,
semejantes a fieles hermanos
de piel áspera, matizada
de marrón, rosado y purpurino:
tus mellizos burlones y aguerridos
de los cuales el izquierdo, algo suelto,
es más pequeño que el otro,
y adopta un aire simulador,
nunca sabré por qué motivo.
Es gorda tu verga y aterciopelada
del pubis al prepucio
que en su prisión encierra
la mayor parte de su cresta rosada.
Si se infla levemente, en su extremo
grueso como medio pulgar el glande se dibuja
bajo la delicada piel, y allí
muestra sus labios.
Una vez que la haya besado
con amoroso reconocimiento,
deja mi mano acariciarla,
sujetarla, y de pronto
con osada premura descabezarla
para que de ese modo —tierna violeta—
el lujoso glande, sin esperar ya más,
resplandezca magnífico;
y que luego, descontrolada,
la mano acelere el movimiento
hasta que al fin el “peladito”
se incorpore muy rígido.
Ya está erguido, eso anhelaba
¿mi culo o concha? Elige dueño mío.
¿Quizás una simple paja?
Eso era lo que mis dedos querían...
Sin embargo, el sacrosanto pene
dispone de mis manos, mi boca y mi culo
para el ritual y el culto
a su forma adorable de ídolo.
viernes, 11 de enero de 2008
La vírgen María se la come entera
En ese tiempo, Judea era un pequeño y perdido lugar. Un paraíso de charlatanes y vulgares prostitutas.
No pensaba en nada más que en saciar mis instintos, en lograr sacar de mí ese líquido viscoso que resume todos mis deseos.
Se había propagado la historia que un hombre podía realizar actos sorprendentes, un hombre que se autoproclamaba "el hijo de dios con una vírgen". ¿El hijo de dios con una vírgen?, mi odio sincero a dios y a la virginidad sembraron en mí un interes casi diabólico.
Una docena de monedas y unas cuantas mamadas a pescadores locales me hicieron llegar al hogar del aberrante personaje, donde solo se encontraba su madre, Maria, de pechos firmes y pronunciados.
Me acerqué, y muy cerca de su cara exclamé:
- María, la más maldita entre las malditas, tu desdicha solo tiene un nombre, y se llama tormento divino.
Sin más, me dispuse a violarla, le arranqué sin dificultad su vestimenta e introduje mi lengua en su sucia vagina.
No hubo la violenta resistencia que yo tanto deseaba, se entregó por completo, como si en mí viera su salvación. Y yo lo lamenté, si yo algo buscaba era su estúpida perdición.
De pronto, ruidos desviaron mi tarea, un hombre acababa de entrar en el cuarto: Jesús.
Imaginen la sorpresa, el llamado Cristo abrió monstruosamente los ojos y lanzó un alarido fatal. Le lancé una sonrisa mientras jugaba con mi lengua en el culo de su madre.
Se lanzó sobre mí, pero lo envié al suelo con una patada en los testículos. Lo tomé del pelo y lo arrastré mientras él gritaba ensordesedoramente. No perdí el tiempo y con una soga lo sometí.
María gritaba, pero con un dedo se masajeaba el clítoris. Regresé a ella, que desesperadamente se lanzó sobre mi verga, me la chupó ruidosamente mientras me acariciaba las bolas.
Sin decir más, se tumbó de espaldas y me entregó el divino regalo que estaba entre sus piernas. Era una mujer sucia, su peste no tenía comparación. Había que ser un hombre realmente enfermo y acomplejado para cojérsela, y yo cumplía esas características.
Se la metí, con furia, como maldiciendo al creador y riéndome de mi victoria.
-Oh Jehová, que tu verga divina no sea misericordiosa con esta pecadora. - Dijo María, entre gemidos, mientras yo encajaba mis uñas en sus tetas bamboleantes.
Sin perder el ritmo, miré hacia atrás, el joven Cristo se estaba masturbando, con lágrimas en los ojos, mientras la soga le dejaba profundas marcas rojas en la piel.
Abofeteé a su madre mientras violéntamente me introducía en ella. Sus genitales se empezaban a llenar de sangre.
Me detuve. La volteé. Seguí en su culo, tenía ganas de vomitar.
Me apresuré a terminar, mientras María gemía cada vez más fuerte introduciéndose una vara por la vagina. El ritmo se aceleró y brotes de este veneno blanquecino llenaron el culo de la madre de dios.
Salí de su casa sin decir nada, rumbo a la montaña. Me alejé lo más rápido que pude.
jueves, 10 de enero de 2008
Divino callejón
*
Hacía frio esa noche, en el barrio, ese ecosistema donde se entretiene la más bella fauna nocturna: putas mal pagadas, bellos transexuales y todo un grupo de homosexuales sin pudor. Todo Gomorra se revolcaba de envidia en su tumba.
De vez en cuando aparecían parásitos sociales, los hipócritas defensores del moralismo fanático, líderes de ultraderecha con lujosas cruces vagaban por las calles contratando a los más hermosos travestis y a los más grandes gigolós, y preguntando, por supuesto, dónde podían conseguir sus dosis semanales de psicotrópicos. Hombres musculosos peleaban entre sí para ver quién podía darse el lujo de presumir el habérse clavado a la esposa del político conservador, o, al menos, haber hecho ceder al famoso pastor evangélico ante la punta de su verga.
Y allí estaba yo, en ese barrio, en el que, a veces pienso, nos autoexcluímos. ¡Bienvenido al ghetto de los desviados!. ¿Nos habíamos apartado de la sociedad? ¿O es que la sociedad se había apartado de nosotros quedándose estancada mientras nosotros avanzábamos?.
Mis solitarias y delirantes reflexiones fueron interrumpidas por una figura; un joven caminaba sin rumbo, un joven de linda sonrisa y rasgos felinos me veía a los ojos como intentando introducirse en mi mente... ya lo estaba.
Con su elegante caminar se dirigió, poco a poco, hacia mí. Yo, sentado, me regocijaba contemplándolo. Un pequeño vistazo a su gran bulto me bastó para desatar una batalla interna; ¿Debía levantarme, y, sin más, besarle tiernamente la entrepierna?.
Llegó hacia mí, al fin. Olía a tabaco, olor que siempre detesté, pero, que en ese momento me pareció el olor más sensual de todos, la fragancia misma que impregnaba Sodoma.
-¿Quieres que nos tomemos unas copas? - Dijo. El tono de su voz revelaba su inseguridad.
- Por supuesto, el alcohol, siempre me ha parecido lo mejor, después del orgasmo y la cojedera.
El joven rió un poco.
- A esa trinidad sí adoro.
Fuimos juntos, a la más vulgar de las cantinas, atendida por drag-queens y machorras iracundas.
Era la cantina más hermosa a la que yo había entrado, los más degenerados especímenes del underground se encontraban allí.
Consumimos litros del líquido espirituoso y él fumó unos cuantos cigarrillos. Ahora los 2 olíamos a tabaco.
Bailamos un poco, bajo luces y música que no me agradaba del todo; pero no me importó, la sensación de tener su lengua jugando con la mía curaba todo por ahora. Bailábamos sin ritmo, su mano en mi culo y la mía en su entrepierna; deseándonos.
Al fin, salimos al callejón, bajo la excusa de tomar un poco de aire, aunque ninguno de los 2 la creyó del todo. Ya afuera, contemplé el suelo de este templo de los placeres carnales: condones usados, colillas de cigarrillo, unos cuantos vellos púbicos (que, apilados, eran suficientes para elaborar una peluca) y algo de líquido fresco en el que decidí no abundar demasiado.
Sin prisas, se abalanzó hacia mí, me apoyó en la pared y nos dimos un largo y profundo beso, durante el cual, las caricias no fueron escasas y su endurecida entrepierna se pegó con la mia. Con bastante rapidez, le quité el cinturón, con miras a descubrir por fin lo que palpitaba dentro de sus jeens.
Se quitó su playera, su hermoso abdomen estaba adornado con lunares.
Me fascinan los lunares, y esos en particular recalcaban su belleza, como si la naturaleza hubiera escogido ubicarlos justamente para volverme loco de pasión.
Le desabroché el pantalón y su virilidad salió, golpeando con su ombligo. Introduje su deseado miembro en mi boca jadeante, jugué con el, lo lamí, chupé y mordí tiernamente su piel.
Gocé del delicioso sabor de su carne, y él gozó también, con los ojos cerrados y una apacible sonrisa cómplice.
Sentí cómo sus caricias en mi nuca me estremecieron de amor. Pero yo todavía seguía vestido, y eso lo incomodaba. Tomó entonces mi cabeza, y la alejó de donde yo ya me había aferrado.
Poco a poco me fué despojando de mi ropa, besando cada parte de piel que desnudaba, como si se presentara ante ella. Se detuvo en mi pezón, lo humedeció con su boca y su respiración hizo cosquillas en mi pecho.
Fue bajando poco a poco, su lengua hizo camino hasta mi ansioso pene. Miró hacia arriba y sonrió de nuevo, mientras con su boca practicaba el más bello arte.
Nos sumergimos en ello y perdimos la noción del tiempo.
A fin de cuentas, el decidió tomar la iniciativa, un poco de saliva como lubricante y ya me estaba haciendo el amor, rítmicamente, sobre un viejo escritorio que alguien habría colocado allí quizás para ese tipo de ocaciones. Me masajeaba el abdómen mientras sostenía mis piernas en sus hombros.
Yo, disfrutaba de sentir su cuerpo penetrando al mio, y me masturbaba mientras ambos gemíamos de placer.
Intercalábamos posiciones varias veces, ambos conocimos el cálido interior del otro. De vez en cuando, nuestras lenguas inspeccionaban minusciosamente cada rincón de nuestro compañero.
Lo hacíamos, a veces violenta, a veces románticamente, no dejábamos que se nos escapara ningún placer resultado de la ternura o de la furia.
El orgasmo se acercaba, mi miembro se introducía entre su ser mientras mi estómago jugueteaba con su espalda y mis manos con su palpitante pene.
Gritó de satisfacción mientras regaba por el suelo el blanco y cálido resultado de nuestra pasión.
Un chorro de este nectar salió de mí también, un poco dentro de él y otro tanto sobre sus perfectos glúteos.
De nuevo, un beso, esta vez con más amor y satisfacción que los anteriores.
Noté que el olor a tabaco había desaparecido, lo había sustituido el amoroso aroma de la piel, el sudor, y el semen, sinónimo de gozo compartido.
Nos vestimos, y volvimos al club, solo para saber que ya estaban cerrando.
Volvimos entonces, al lugar donde nos habíamos visto, ya estaba a punto de amanecer y ambos teníamos prisa de regresar a nuestros hogares, la calma del ambiente fué rota por nuestro sonoro beso, con el que nos dijimos adios, con el que parecía que nos prometíamos volver a gozar de nuestros cuerpos, algún dia, en ese mismo lugar.
miércoles, 9 de enero de 2008
Orgasmos en la tierra
porque preferimos gozar
a obedecer la dictadura invisible
de un ser de aspecto triste
que nunca sabrá lo que es un orgasmo
porque preferimos ver nuestras caras
humedecidas
en dulces jugos de placer
a adorar
un ser sin rostro
ni entrepierna
la tierra es nuestro lugar
tierra de ninfas y efebos
el cielo nuestro calabozo
lugar de ángeles sin bulto
y vírgenes eternas

domingo, 6 de enero de 2008
Placer de la desgracia
los desgraciados;
los ateos,
los individualistas,
los maricones,
los pansexuales.
los que hemos sufrido más
que mil cristos
por la moral represiva
de la masa arrogante, hipócrita y puritana
los que toman al placer
no como una cruz
de la que hay que avergonzarse
somos los que más gozamos
los que no nos arrodillamos
ante dogmas
ante prejuicios
ante consensos sociales
los que sabemos que el placer
es un fín en sí mismo
y es tan potente
como cualquier acto terrorista
y lo usaremos
para derribar sus tronos
para arrancar sus iglesias de raiz
pero,
sobre todo,
para liberar al individuo
de la masa
y a la masa
de la gracia divina.








