sábado, 19 de enero de 2008

Lámeme

Lámeme todo
ofrendo mi cuerpo
a tu impaciente lengua
con la que humedeces mi verga
para después ascender por mi abdomen
y juguetear con mi boca

explosiones sin nombre
perpretradas por tu lengua furiosa
penetrando en mi cuerpo
y en mi alma sucia

lámeme
muérdeme
arúñame
aúlla conmigo
y siénteme
sobre todo siénteme

con los nervios de tu lengua
explora cada espacio de mi cuerpo maldito
reconoce los sabores
lo amargo,
lo dulce,
lo ácido
lo que no tiene otro sabor más que mi nombre

lámeme
cada hueco
cada protuberancia
cubre con saliva mi cuerpo
hasta que tu lengua quede seca
mi pene, mis pezones, mi boca, mi espalda

que la piel de tu lengua sea tu ventana al mundo
a mi cuerpo cansado
con la que lubriques mi caprichoso ser
y maldigas al cielo
y juegues conmigo
a la más maldita de las pervesiones

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martes, 15 de enero de 2008

Paul Verlaine

Un bonito poemita de Paul Verlaine (1844 - 1896); personaje que llegó a cojer con el mismísimo Rimbaud (¡Oh, estúpida envidia!).

Aunque no esté parada

Aunque no esté parada
lo mismo me deleita tu pija
que cuelga —oro pálido— entre tus muslos
y sobre tus huevos, esplendores sombríos,

semejantes a fieles hermanos
de piel áspera, matizada
de marrón, rosado y purpurino:
tus mellizos burlones y aguerridos

de los cuales el izquierdo, algo suelto,
es más pequeño que el otro,
y adopta un aire simulador,
nunca sabré por qué motivo.

Es gorda tu verga y aterciopelada
del pubis al prepucio
que en su prisión encierra
la mayor parte de su cresta rosada.

Si se infla levemente, en su extremo
grueso como medio pulgar el glande se dibuja
bajo la delicada piel, y allí
muestra sus labios.

Una vez que la haya besado
con amoroso reconocimiento,
deja mi mano acariciarla,
sujetarla, y de pronto

con osada premura descabezarla
para que de ese modo —tierna violeta—
el lujoso glande, sin esperar ya más,
resplandezca magnífico;
y que luego, descontrolada,

la mano acelere el movimiento
hasta que al fin el “peladito”
se incorpore muy rígido.

Ya está erguido, eso anhelaba
¿mi culo o concha? Elige dueño mío.
¿Quizás una simple paja?
Eso era lo que mis dedos querían...

Sin embargo, el sacrosanto pene
dispone de mis manos, mi boca y mi culo
para el ritual y el culto
a su forma adorable de ídolo.



(Brent Everett... no podía faltar)

viernes, 11 de enero de 2008

La vírgen María se la come entera



En ese tiempo, Judea era un pequeño y perdido lugar. Un paraíso de charlatanes y vulgares prostitutas.
No pensaba en nada más que en saciar mis instintos, en lograr sacar de mí ese líquido viscoso que resume todos mis deseos.

Se había propagado la historia que un hombre podía realizar actos sorprendentes, un hombre que se autoproclamaba "el hijo de dios con una vírgen". ¿El hijo de dios con una vírgen?, mi odio sincero a dios y a la virginidad sembraron en mí un interes casi diabólico.

Una docena de monedas y unas cuantas mamadas a pescadores locales me hicieron llegar al hogar del aberrante personaje, donde solo se encontraba su madre, Maria, de pechos firmes y pronunciados.

Me acerqué, y muy cerca de su cara exclamé:
- María, la más maldita entre las malditas, tu desdicha solo tiene un nombre, y se llama tormento divino.

Sin más, me dispuse a violarla, le arranqué sin dificultad su vestimenta e introduje mi lengua en su sucia vagina.

No hubo la violenta resistencia que yo tanto deseaba, se entregó por completo, como si en mí viera su salvación. Y yo lo lamenté, si yo algo buscaba era su estúpida perdición.

De pronto, ruidos desviaron mi tarea, un hombre acababa de entrar en el cuarto: Jesús.

Imaginen la sorpresa, el llamado Cristo abrió monstruosamente los ojos y lanzó un alarido fatal. Le lancé una sonrisa mientras jugaba con mi lengua en el culo de su madre.

Se lanzó sobre mí, pero lo envié al suelo con una patada en los testículos. Lo tomé del pelo y lo arrastré mientras él gritaba ensordesedoramente. No perdí el tiempo y con una soga lo sometí.

María gritaba, pero con un dedo se masajeaba el clítoris. Regresé a ella, que desesperadamente se lanzó sobre mi verga, me la chupó ruidosamente mientras me acariciaba las bolas.

Sin decir más, se tumbó de espaldas y me entregó el divino regalo que estaba entre sus piernas. Era una mujer sucia, su peste no tenía comparación. Había que ser un hombre realmente enfermo y acomplejado para cojérsela, y yo cumplía esas características.

Se la metí, con furia, como maldiciendo al creador y riéndome de mi victoria.

-Oh Jehová, que tu verga divina no sea misericordiosa con esta pecadora. - Dijo María, entre gemidos, mientras yo encajaba mis uñas en sus tetas bamboleantes.

Sin perder el ritmo, miré hacia atrás, el joven Cristo se estaba masturbando, con lágrimas en los ojos, mientras la soga le dejaba profundas marcas rojas en la piel.

Abofeteé a su madre mientras violéntamente me introducía en ella. Sus genitales se empezaban a llenar de sangre.

Me detuve. La volteé. Seguí en su culo, tenía ganas de vomitar.

Me apresuré a terminar, mientras María gemía cada vez más fuerte introduciéndose una vara por la vagina. El ritmo se aceleró y brotes de este veneno blanquecino llenaron el culo de la madre de dios.

Salí de su casa sin decir nada, rumbo a la montaña. Me alejé lo más rápido que pude.

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jueves, 10 de enero de 2008

Divino callejón

*
Al fin me aventuré a escribir una historia homo-erótica, a petición de Deadsito, al que, por supuesto, se la dedico. Abrazos vulgares para tí

*




Hacía frio esa noche, en el barrio, ese ecosistema donde se entretiene la más bella fauna nocturna: putas mal pagadas, bellos transexuales y todo un grupo de homosexuales sin pudor. Todo Gomorra se revolcaba de envidia en su tumba.

De vez en cuando aparecían parásitos sociales, los hipócritas defensores del moralismo fanático, líderes de ultraderecha con lujosas cruces vagaban por las calles contratando a los más hermosos travestis y a los más grandes gigolós, y preguntando, por supuesto, dónde podían conseguir sus dosis semanales de psicotrópicos. Hombres musculosos peleaban entre sí para ver quién podía darse el lujo de presumir el habérse clavado a la esposa del político conservador, o, al menos, haber hecho ceder al famoso pastor evangélico ante la punta de su verga.

Y allí estaba yo, en ese barrio, en el que, a veces pienso, nos autoexcluímos. ¡Bienvenido al ghetto de los desviados!. ¿Nos habíamos apartado de la sociedad? ¿O es que la sociedad se había apartado de nosotros quedándose estancada mientras nosotros avanzábamos?.

Mis solitarias y delirantes reflexiones fueron interrumpidas por una figura; un joven caminaba sin rumbo, un joven de linda sonrisa y rasgos felinos me veía a los ojos como intentando introducirse en mi mente... ya lo estaba.

Con su elegante caminar se dirigió, poco a poco, hacia mí. Yo, sentado, me regocijaba contemplándolo. Un pequeño vistazo a su gran bulto me bastó para desatar una batalla interna; ¿Debía levantarme, y, sin más, besarle tiernamente la entrepierna?.

Llegó hacia mí, al fin. Olía a tabaco, olor que siempre detesté, pero, que en ese momento me pareció el olor más sensual de todos, la fragancia misma que impregnaba Sodoma.

-¿Quieres que nos tomemos unas copas? - Dijo. El tono de su voz revelaba su inseguridad.
- Por supuesto, el alcohol, siempre me ha parecido lo mejor, después del orgasmo y la cojedera.
El joven rió un poco.
- A esa trinidad sí adoro.

Fuimos juntos, a la más vulgar de las cantinas, atendida por drag-queens y machorras iracundas.
Era la cantina más hermosa a la que yo había entrado, los más degenerados especímenes del underground se encontraban allí.

Consumimos litros del líquido espirituoso y él fumó unos cuantos cigarrillos. Ahora los 2 olíamos a tabaco.

Bailamos un poco, bajo luces y música que no me agradaba del todo; pero no me importó, la sensación de tener su lengua jugando con la mía curaba todo por ahora. Bailábamos sin ritmo, su mano en mi culo y la mía en su entrepierna; deseándonos.

Al fin, salimos al callejón, bajo la excusa de tomar un poco de aire, aunque ninguno de los 2 la creyó del todo. Ya afuera, contemplé el suelo de este templo de los placeres carnales: condones usados, colillas de cigarrillo, unos cuantos vellos púbicos (que, apilados, eran suficientes para elaborar una peluca) y algo de líquido fresco en el que decidí no abundar demasiado.

Sin prisas, se abalanzó hacia mí, me apoyó en la pared y nos dimos un largo y profundo beso, durante el cual, las caricias no fueron escasas y su endurecida entrepierna se pegó con la mia. Con bastante rapidez, le quité el cinturón, con miras a descubrir por fin lo que palpitaba dentro de sus jeens.

Se quitó su playera, su hermoso abdomen estaba adornado con lunares.
Me fascinan los lunares, y esos en particular recalcaban su belleza, como si la naturaleza hubiera escogido ubicarlos justamente para volverme loco de pasión.

Le desabroché el pantalón y su virilidad salió, golpeando con su ombligo. Introduje su deseado miembro en mi boca jadeante, jugué con el, lo lamí, chupé y mordí tiernamente su piel.
Gocé del delicioso sabor de su carne, y él gozó también, con los ojos cerrados y una apacible sonrisa cómplice.

Sentí cómo sus caricias en mi nuca me estremecieron de amor. Pero yo todavía seguía vestido, y eso lo incomodaba. Tomó entonces mi cabeza, y la alejó de donde yo ya me había aferrado.

Poco a poco me fué despojando de mi ropa, besando cada parte de piel que desnudaba, como si se presentara ante ella. Se detuvo en mi pezón, lo humedeció con su boca y su respiración hizo cosquillas en mi pecho.

Fue bajando poco a poco, su lengua hizo camino hasta mi ansioso pene. Miró hacia arriba y sonrió de nuevo, mientras con su boca practicaba el más bello arte.

Nos sumergimos en ello y perdimos la noción del tiempo.

A fin de cuentas, el decidió tomar la iniciativa, un poco de saliva como lubricante y ya me estaba haciendo el amor, rítmicamente, sobre un viejo escritorio que alguien habría colocado allí quizás para ese tipo de ocaciones. Me masajeaba el abdómen mientras sostenía mis piernas en sus hombros.

Yo, disfrutaba de sentir su cuerpo penetrando al mio, y me masturbaba mientras ambos gemíamos de placer.

Intercalábamos posiciones varias veces, ambos conocimos el cálido interior del otro. De vez en cuando, nuestras lenguas inspeccionaban minusciosamente cada rincón de nuestro compañero.

Lo hacíamos, a veces violenta, a veces románticamente, no dejábamos que se nos escapara ningún placer resultado de la ternura o de la furia.

El orgasmo se acercaba, mi miembro se introducía entre su ser mientras mi estómago jugueteaba con su espalda y mis manos con su palpitante pene.

Gritó de satisfacción mientras regaba por el suelo el blanco y cálido resultado de nuestra pasión.
Un chorro de este nectar salió de mí también, un poco dentro de él y otro tanto sobre sus perfectos glúteos.

De nuevo, un beso, esta vez con más amor y satisfacción que los anteriores.
Noté que el olor a tabaco había desaparecido, lo había sustituido el amoroso aroma de la piel, el sudor, y el semen, sinónimo de gozo compartido.

Nos vestimos, y volvimos al club, solo para saber que ya estaban cerrando.

Volvimos entonces, al lugar donde nos habíamos visto, ya estaba a punto de amanecer y ambos teníamos prisa de regresar a nuestros hogares, la calma del ambiente fué rota por nuestro sonoro beso, con el que nos dijimos adios, con el que parecía que nos prometíamos volver a gozar de nuestros cuerpos, algún dia, en ese mismo lugar.

miércoles, 9 de enero de 2008

Orgasmos en la tierra


Porque nos fuimos del paraíso celestial
por nuestro propio pié
porque preferimos gozar
a obedecer la dictadura invisible
de un ser de aspecto triste
que nunca sabrá lo que es un orgasmo

porque preferimos ver nuestras caras
humedecidas
en dulces jugos de placer
a adorar
un ser sin rostro
ni entrepierna

la tierra es nuestro lugar
tierra de ninfas y efebos
el cielo nuestro calabozo
lugar de ángeles sin bulto
y vírgenes eternas




(y a que no puedes probar solo una)

domingo, 6 de enero de 2008

Placer de la desgracia

Aquí venimos
los desgraciados;
los ateos,
los individualistas,
los maricones,
los pansexuales.

los que hemos sufrido más
que mil cristos
por la moral represiva
de la masa arrogante, hipócrita y puritana

los que toman al placer
no como una cruz
de la que hay que avergonzarse

somos los que más gozamos
los que no nos arrodillamos
ante dogmas
ante prejuicios
ante consensos sociales

los que sabemos que el placer
es un fín en sí mismo
y es tan potente
como cualquier acto terrorista
y lo usaremos
para derribar sus tronos
para arrancar sus iglesias de raiz
pero,
sobre todo,
para liberar al individuo
de la masa
y a la masa
de la gracia divina.