Hace años que Sabir llevaba haciéndolo. Tomaba el libro, lo abría en una hoja cualquiera, y leía.
"...y a los temerosos de Alá se les deparará el éxito: vergeles y viñedos, doncellas de grandes senos, de una misma edad, y copas desbordantes... "
Sabir soltó una carcajada, no necesitaba de Alá para conseguir dichos placeres. No necesitaba a Alá en lo absoluto.
Al contrario: Alá se empeñaba en reducir el disfrute de su cuerpo lo más posible.
Pensamiento fulminante pasó por la cabeza de Sabir: El islam es una mierda.
Proseguía:
Sabir se quitaba su túnica. Su horrible túnica. Quedaba desnudo, con un enorme miembro erecto que se balanceaba. Se masturbaba, y pensaba en imágenes de mujeres libres, sin burkas, sin sus indignas burkas, sin nada que las cubriera, al fin eran libres... o al menos en su mente. Pero Sabir también pensaba en hombres. Sin turbantes, sin prejuicios, y también se masturbaba pensando en ellos.
Su masturbación era rápida, pero suave, y utilizaba su otra mano para comprender su cuerpo. Quería sacar el máximo placer de su cuerpo. Así que pasaba sus dedos por sus pezones, los introducía a su boca, a su culo, a sus testículos.
Sabir recordaba a esa mujer de ojos verdes que apedrearon la semana pasada. Era prostituta. La atraparon. Sabir había gozado con ella una vez, no cobraba muy caro, la mujer quería sobrevivir.
Otro pensamiento fulminante: La puta estúpida pudo haber cobrado mucho más.
La puta de ojos verdes tenía un cuerpo sensual, su sexo era cálido y Sabir se maravilló cuando se introdujo en él, en ese refugio húmedo, seguro.
Pero ella ya estaba muerta, y ahora los gusanos cojían con ella, suerte para ellos, sin duda.
Samir tomó el libro, lo usó para masturbarse, con él rodeó todo el tronco de su gran miembro y movió las caderas.
Jamás el libro le había sido tan útil en el pasado.
Samir también recordó a ese pescador que vió en el río, todos los fines de semana Samir va y lo observa. Tiene el culo más perfecto que jamás haya visto, quería poseerlo. Él nunca había tenido nada con ningún hombre, jamás. Pero se moría de ganas, aunque eso le traía imágenes a cabeza de parejas ahorcadas por el mismo motivo. Eso no importaba, Samir veía al pescador, sin camisa, sobre su balsa, y se imaginaba acarciando sus genitales.
Estaba pensando eso. En la puta de ojos verdes que se dejó penetrar por los dos lados, en cómo bailaban sus tetas de un lado a otro, en el pescador, en el bulto de sus pantalones que deseaba estar acariciando y besando.
En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso.
Samir concluyó, justo encima del libro sagrado, del libro opresivo, que ahora era tan solo un receptáculo de su semen.





